Mara Salto: una identidad recuperada después de 50 años de búsqueda

Durante medio siglo, para la familia Salto hubo una pregunta que nunca dejó de estar presente: qué había ocurrido con María Luisa “Mara” Salto después de su secuestro en Córdoba, en 1976. La respuesta comenzó a llegar cincuenta años después, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense logró identificar restos de la joven cipoleña entre los recuperados en la provincia de Córdoba.

María Isabel “Mariela” Salto, hermana de Mara y docente de la Universidad Nacional del Comahue, conversó con Antena Libre sobre el impacto que produjo en la familia una noticia esperada durante décadas y, al mismo tiempo, atravesada por el dolor de confirmar el asesinato de su hermana.

Mara tenía 20 años. Había dejado Cipolletti para estudiar Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba y participaba activamente de la militancia universitaria. Fue secuestrada en julio de 1976 y permaneció cautiva en La Perla, uno de los principales centros clandestinos de detención, tortura y exterminio que funcionaron durante la última dictadura. Testimonios de sobrevivientes permitieron a la familia reconstruir que había estado allí durante aproximadamente veinte días. Después, su rastro se perdió.

Durante décadas, sus hermanas y hermanos buscaron información, recurrieron a sobrevivientes, siguieron las investigaciones judiciales y sostuvieron públicamente su nombre. Esa búsqueda tuvo también una dimensión familiar profunda: Mara no quedó detenida en una fotografía de los años setenta, sino que siguió formando parte de las nuevas generaciones, de los relatos familiares y de cada reclamo por memoria, verdad y justicia.

La confirmación llegó a partir de los trabajos que se realizan en Loma del Torito, dentro de la Guarnición Militar de La Calera, en cercanías de La Perla. Allí, las investigaciones judiciales y las excavaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense permitieron recuperar numerosos fragmentos óseos pertenecientes a personas detenidas-desaparecidas.

En el caso de Mara, un pequeño fragmento óseo de su pie permitió realizar el cotejo genético con las muestras aportadas por la familia. El análisis estableció una compatibilidad del 99,9 por ciento.

La historia de esos restos también permite reconstruir el mecanismo de ocultamiento desplegado por la dictadura. La investigación sostiene que en 1979, ante la visita al país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, los represores removieron enterramientos clandestinos utilizando maquinaria pesada. Los cuerpos fueron trasladados y los restos quedaron fragmentados y mezclados con la tierra. Décadas después, esos pequeños fragmentos se convirtieron en pruebas capaces de devolver nombres e historias.

El viernes 23 de octubre, la Justicia Federal de Córdoba dio a conocer públicamente ocho nuevas identificaciones realizadas a partir de estos trabajos, entre ellas la de Mara. Con esas confirmaciones ya son 38 las personas identificadas en el marco de las excavaciones e investigaciones vinculadas a Loma del Torito.

Pero encontrar a Mara no significa cerrar una historia.

La conversación con Mariela estuvo atravesada justamente por esa complejidad: después de tantos años, conocer el destino de una persona desaparecida constituye una respuesta fundamental, pero también confirma un crimen que durante décadas permaneció oculto. La aparición material de los restos termina con una parte de la incertidumbre, aunque no borra lo vivido por la familia ni reemplaza las preguntas que todavía quedan abiertas.

La identificación devuelve además la posibilidad de restituir a Mara a su familia y a su territorio. El deseo familiar es que, una vez concluidas las tareas científicas correspondientes, sus restos puedan regresar a Cipolletti y descansar junto a sus padres.

Su historia está profundamente ligada a la del Alto Valle. Mara era hija de Julio Dante Salto, médico y exintendente de Cipolletti, y hermana de María Emilia “Beba” Salto, sobreviviente de centros clandestinos de detención y testigo en juicios por delitos de lesa humanidad. La represión atravesó así a una familia entera, pero también lo hizo la persistencia por reconstruir lo sucedido.

Antes de ser una detenida-desaparecida, Mara había sido una joven estudiante, militante y alfabetizadora. Junto a su hermana participó desde muy chica de actividades en barrios de la costa, en una época marcada por una intensa participación política y social de las juventudes. Recuperar esa dimensión de su vida es también una forma de evitar que las víctimas del terrorismo de Estado queden reducidas únicamente a la forma en que fueron asesinadas.

El trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense vuelve a mostrar, además, por qué la búsqueda continúa siendo necesaria. Todavía existen restos sin identificar y familias que no conocen el destino de sus seres queridos. Por eso, las investigaciones mantienen abierta la convocatoria a familiares de personas desaparecidas para aportar muestras genéticas que permitan realizar nuevos cotejos.

A cincuenta años de su secuestro, Mara vuelve a tener un lugar concreto en la historia familiar. No porque alguna vez hubiera dejado de estar presente, sino porque la ciencia, la investigación judicial y una búsqueda sostenida durante décadas lograron devolver una certeza frente al intento deliberado de borrar cuerpos, identidades y pruebas.

La identificación no termina con la memoria. La transforma: ahora, junto al nombre y la fotografía de Mara Salto, existe también una prueba material de lo ocurrido. Y para su familia, después de medio siglo, otra parte de la verdad pudo finalmente salir a la luz.

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