“Dios me odia” y nuestras miserias expuestas en el infierno de un patio trasero

Por Omar Gonzalez

Sartre afirmaba que “el infierno son los otros”, y en esa misma línea, “Dios me odia” renueva el contrato con el existencialismo. La obra de Victoria Sarchi, presentada anoche (22 de agosto de 2026) por Fundación Cultural Patagonia – FCP y dirigida por Tato Cayón, es un espejo filoso de la vida actual. La puesta en escena es engañosamente simple, ya que bien podría ser el patio trasero de una casa o la terraza de un complejo de departamentos. Ese espacio acotado contrasta con una poética dura y compleja. En el auditorio «Dr. Tilo Rajneri», la pieza teatral nos obligó a mirar de frente nuestras propias miserias en tiempos donde la hiperconexión esconde profundas soledades.

La trama expone aquellas relaciones mediadas por teléfonos, los tiempos siempre escasos y la imposibilidad de sostener una charla sin mirar las pantallas varias, incluso frente a nuestros afectos.

Las actuaciones de Emiliano Flores, Paula La Sala, Mariana Jaime y Nahuel Lavorato son sumamente cuidadas y transitan sin escalas del amor al odio disfrazado. Las y los artistas de FCP encarnan perfiles dolorosamente reconocibles en nuestros entornos, el de una madre que busca serlo sin perder su vida; una hermana que persigue la maternidad antes de que se le pase la hora; un afamado director de cine que ahoga en bebida el dolor de sus vínculos (¿logrará sostener su pose de ecuanimidad sin explotar de rabia en algún momento?); y un escritor mediocre, de manual patriarcal, que ansía el éxito a cualquier costo. Entre copas de vino, la lealtad es moneda de cambio y las máscaras caen.

El silencio como veredicto colectivo

La obra avanza entre risas nerviosas que se cuelan entre el público del altovalle al entender que la escena expone bajezas que no deberían dar gracia. Pero el mayor logro ocurre al final, por lo menos a entender de este cronista.

Tras el desvanecimiento de las luces y la música, el público queda atrapado en un silencio eterno, dudando si aplaudir, sin saber si la obra realmente terminó. Ese vacío es brillante porque siembra esas preguntas siempre vitales, ¿seguirá unida esa pareja?, ¿llegará la maternidad ansiada? ¿cómo continuarán esas relaciones hermanadas?

Y la catarsis continúa a la salida del teatro, donde las charlas resuenan criticando el machismo de tal o cual personaje, lo políticamente correcto o compadeciendo las vulnerabilidades ajenas. En definitiva, «Dios me odia» logra lo que el arte comunitario debe hacer: dejarnos la existencia misma latiendo en la cabeza.