Tradwives: la nueva estética de un viejo mandato sobre las mujeres

Las redes sociales convirtieron en tendencia una figura que recupera valores tradicionales mediante una estética renovada: las tradwives, abreviatura de traditional wives o “esposas tradicionales”. Se trata de jóvenes creadoras de contenido que presentan la dedicación exclusiva al hogar, la atención del marido y la crianza como una elección personal deseable, placentera y sofisticada.

La docente y socióloga Belén Álvaro analizó este fenómeno en su columna en «Preámbulo» y propuso observarlo no como una simple moda de Instagram o TikTok, sino como un discurso inscripto en un momento histórico particular. Las protagonistas suelen exhibirse con voces suaves, gestos excesivamente feminizados y una apariencia siempre impecable. Cocinan desde cero, limpian, ordenan, cuidan a sus hijos y reciben a sus parejas con la comida preparada.

A diferencia de generaciones anteriores, estas jóvenes aseguran no estar obligadas a permanecer en el ámbito doméstico. Por el contrario, presentan ese estilo de vida como una decisión libre y consciente. Allí reside una de las claves del fenómeno: la imagen de la mujer tradicional aparece actualizada, estetizada y convertida en contenido atractivo para las plataformas digitales.

La espectacularización del trabajo doméstico

Para Álvaro, las publicaciones de las tradwives construyen una espectacularización del trabajo doméstico y de cuidados. Los videos muestran procesos extensos y complejos reducidos a escenas breves, cuidadosamente editadas y visualmente agradables.

Las mujeres aparecen limpias, tranquilas y sonrientes mientras elaboran alimentos, ordenan la vivienda o cuidan a sus familias. Quedan fuera del encuadre el cansancio, la repetición, la sobrecarga mental, los conflictos y las dificultades que forman parte de esas tareas.

De esta manera, el contenido busca desmentir o desmontar una discusión sostenida durante décadas por los movimientos feministas: que el trabajo doméstico y de cuidados es pesado, inagotable, mayoritariamente realizado por mujeres y, en gran parte, no reconocido ni remunerado.

El problema no está en que una mujer decida cocinar, cuidar a sus hijos o dedicarse a su hogar. La discusión comienza cuando esa elección individual se presenta como una solución universal o como la forma “natural” y más satisfactoria de ser mujer, sin considerar las condiciones económicas que permiten sostenerla ni las desigualdades que atraviesan esas tareas.

El principal sector de la economía

La columna también recuperó datos que permiten dimensionar la importancia económica del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. En la Argentina, estas actividades representan aproximadamente el 17 por ciento del Producto Bruto Interno.

Esto significa que poseen un peso económico superior al de cualquier otro sector productivo tomado de manera individual. Sin embargo, buena parte de ese trabajo no aparece en los recibos de sueldo, no genera aportes jubilatorios ni se registra como empleo.

Además, en el país se realizan alrededor de 146 millones de horas diarias de trabajo no remunerado. Son tareas asumidas principalmente por madres, abuelas, hermanas mayores y otras mujeres que sostienen la vida cotidiana de sus familias.

La distinción resulta fundamental: no se trata del trabajo remunerado de quienes se desempeñan en casas particulares o reciben un salario por cuidar a personas mayores o niñeces. El análisis se concentra en las labores gratuitas que se realizan dentro de los hogares y que históricamente fueron naturalizadas como una obligación femenina.

El trabajo que permite todos los demás trabajos

Lejos de producir únicamente una casa limpia o una comida preparada, el trabajo de cuidados genera las condiciones necesarias para el funcionamiento del mercado laboral.

Produce trabajadores y trabajadoras en condiciones de presentarse al día siguiente en sus empleos: personas alimentadas, aseadas, descansadas y con ropa limpia. También sostiene generacionalmente la fuerza laboral mediante la crianza y socialización de niñas, niños y adolescentes que, en el futuro, se incorporarán al mercado de trabajo.

El hogar también produce consumidores. Allí se aprenden hábitos, conductas, valores y formas de relacionarse con los bienes y servicios. Por eso, el trabajo doméstico cumple además una tarea de socialización: enseña a las nuevas generaciones cómo desenvolverse dentro de la sociedad y naturaliza el sistema en el que viven.

Desde esta perspectiva, esas labores no son privadas ni marginales. Constituyen una estructura central para el funcionamiento de la economía. Sin embargo, al considerarlas expresiones de amor, vocación o naturaleza femenina, se oculta su aporte y se evita reconocerlas como trabajo.

Una elección atravesada por las desigualdades

El discurso de las tradwives sostiene que las mujeres pueden abandonar el mercado laboral y dedicarse por completo a sus hogares porque así lo desean. Pero esa posibilidad requiere determinadas condiciones materiales: un ingreso familiar suficiente, una vivienda adecuada y una pareja capaz de sostener económicamente el hogar.

No todas las mujeres pueden elegir dejar un empleo remunerado. Muchas trabajan fuera de sus casas y, al regresar, continúan asumiendo la mayor parte de las tareas domésticas. Otras sostienen hogares monomarentales, atraviesan situaciones de precariedad laboral o dependen económicamente de sus parejas.

La presentación romántica de la dependencia económica también omite los riesgos que puede generar. La falta de ingresos propios restringe la autonomía y puede dificultar la salida de relaciones violentas o desiguales.

Por otra parte, varias de las influencers que promocionan este estilo de vida obtienen ingresos mediante sus redes, publicidades y acuerdos comerciales. Aunque se muestran como mujeres alejadas del mundo laboral, producen contenido, construyen una marca personal y participan activamente de la economía digital.

Un fenómeno político y cultural

La aparición de las tradwives puede leerse como parte de una reacción frente a los avances feministas y las transformaciones de los roles de género. No propone simplemente recuperar antiguas costumbres, sino reinstalar esos mandatos mediante un lenguaje contemporáneo basado en la libertad individual, el bienestar, la belleza y la elección personal.

La figura de la esposa tradicional aparece así desligada de las obligaciones que marcaron la vida de muchas mujeres en el pasado. Las tareas se muestran agradables y armoniosas, mientras desaparecen las relaciones de poder, la dependencia y la distribución desigual del tiempo.

La pregunta central no consiste en juzgar las decisiones particulares, sino en comprender qué discurso social y económico se construye alrededor de ellas. Cuando millones de horas de trabajo gratuito son presentadas como una inclinación natural de las mujeres, se vuelve más difícil discutir quién cuida, en qué condiciones, con qué reconocimiento y a costa de qué proyectos personales.

Las tradwives no inventaron el mandato de cuidar, cocinar y servir. Lo recubrieron con una nueva estética, lo adaptaron al lenguaje de las plataformas y lo transformaron en un producto consumible. Detrás de los vestidos impecables, las cocinas luminosas y las recetas elaboradas, permanece una vieja estructura: el trabajo invisible de las mujeres como uno de los principales sostenes de la economía y de la vida social.

Podés escuchar la columna completa desde aça

 


Más tarde, hablando con un vecino, sumó esta recomendación cinematográfica…