De Bujará al Mar de Aral: crónica de un viaje por las cicatrices y esplendores de Asia Central

Por Dante López Dorigoni 

En Bujará, Uzbekistán, donde los minaretes del siglo XVI conviven con el bullicio de bazares que aún comercian sedas como hace mil años, la Ruta de la Seda se siente viva. Esta ciudad-museo, declarada Patrimonio de la Humanidad, es solo una escala de la expedición.

El recorrido incluyó un trayecto desgarrador: el Mar de Aral, otrora el cuarto lago más grande del mundo, hoy reducido al 10% de su tamaño por el desvío soviético de ríos para cultivos de algodón. «Es un cementerio de barcos oxidados sobre arena blanca —relata Dante—. Un recordatorio de cómo los errores humanos pueden borrar geografías enteras».

El contraste define la región: en Turkmenistán, una autocracia con gas gratuito pero libertades restringidas; en Uzbekistán, un país en apertura donde el islam coexiste con rascacielos de acero. «Samarcanda, nuestra próxima parada, guarda mezquitas revestidas de azulejos que hipnotizan. Pero aquí nada es simple: hasta las fronteras son laberínticas», advierte. Un compañero uruguayo quedó varado por un visado electrónico mal gestionado.

Tras cruzar el Valle de Ferganá —donde se siembra el 60% del algodón uzbeko—, la expedición buscará documentar cómo estas tierras negocián su legado histórico con los desafíos modernos. «Viajar por Asia Central es desarmar capas de tiempo —reflexiona Dante—. Cada caravasar en ruinas habla de globalizaciones pasadas, pero también de los riesgos de repetir errores».

 

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