(Por Marcelo Pellejero)
Se fue Amy, la chica que tenía la voz parecida a Etta James y el corazón roto, como sus maestros Donny Hathaway, como Ray (Charles) y como esas canciones de soul de los ’60 que le gustaba escuchar con una botella de whisky en la mano. “La vida es como un tubo, yo soy una diminuta moneda que rueda por entre las paredes”, cantaba en Back to Black. Decían que era “la hija del soul naciente”, como si después de ella viniera otro soul, otra música, algo nuevo y superador. Creo que era su voz la que inspiraba todo eso, su voz y su juventud: eso de cantar así y tener toda una vida por delante para ser mejor. Lástima que en algunas ocasiones la vida no dura tanto. De cualquier modo cabe preguntarse ¿porqué tendría que durar la vida? Acaso los cantantes de soul no son más proclives a morirse jóvenes, acaso es tan fácil ver cicatrizar las heridas del alma? Había una especie de proverbio rockero que proclamaba aquello de “vivir rápido y morir jóven”, la historia de muchos: Keith Moon, John Bonham, Ritchie Valens, Buddy Holly, Otis Redding, Bon Scott, el mismísimo Robert Johnson. Y el famoso club de los 27: Jimmy Hendrix, Brian Jones, Jim Morrison, Janis Joplin, Kurt Cobain y ahora Amy Winehouse. Todos emprendiendo la retirada en el mejor momento, todos lléndose a la edad en que se podría hacer la revolución, la edad esa en la que no hay casi nada para perder y está casi todo por ganarse. Aunque es posible que la revolución ya estuviera hecha en la mayoría de los casos, o que una tragedia sea la mejor forma en que debe morir una estrella del maldito rock.

Hace algunos años David Bowie decía que si hubiera sabido que iba a llegar a los 50, se hubiera cuidado un poco más, pero ni siquiera imaginó nunca esa posibilidad. “Vivir rápido y morir jóven”, eso es rock & roll. Qué más puede haber después de todo para la música más jodida y reventada de todos los tiempos. Si fue el rock & roll el que patió el tablero y el que hizo, como dice Sheppard, que la cultura y todo el arte “se fueran a la mierda”. Talvez alrededor de los 27 hay un punto de inflexión en que las almas heridas y los corazones rotos dicen basta. Basta de llanto, basta de canciones, basta de discos. “Yo no iré a rehabilitación”, cantaba Amy en Rehab, “yo sólo necesito un amigo”. Y seguramente sería verdad, porque Amy insistía siempre en que no podía cantar aquello que no había vivido. “Escribir canciones es como un exorcismo”, decía, “todo lo que hago está ahí. Si no tuviese eso, estaría perdida. Me entiendo mucho mejor a mí misma luego de que escribí una canción sobre algo”. Pero no eran esas reflexiones, y ni siquiera eran sus canciones, lo que más importaba a la prensa amarilla inglesa, que la aniquiló por sus borracheras públicas y sus conciertos fallidos. Por suerte nos quedan sus canciones, dos discos y otro que venía en camino al que seguramente hecharán mano las discográficas más temprano que tarde. Nos queda el mito que tiene el destino inevitable de ir creciendo con el tiempo. Y nos queda el Rickstasy, su trago favorito (3 partes de vodka, southern comfort, licor de banana y baileys) que ahorita sería bueno ir a probarlo; sólo uno, porque como ella misma se encargó de alertarnos: “cuando vas por el segundo, no tenes que intentar ir a ningún lado, te quedas donde estés, hasta que empiecen a cantar los pajaritos”. Brindis por la chica de los suburbios al norte de Londres que cantaba esas formidables canciones soul de corazones rotos, llenos de agujeros. Salud! Amy.