Ya pasó un año y aún persiste esa sensación tan rara cada vez que se escucha un disco del Flaco, una mezcla de angustia con impotencia, un montón de recuerdos y también un poco de soledad. Porque desde aquel 8 de febrero quienes seguimos la obra de Spinetta nos hemos sentido un poco más solos. Al final era verdad eso de que “la soledad es un amigo que no está, y es su palabra que no ha de llegar…”; pero también era verdad que “sus sueños son luces en torno a ti” y entonces “te das cuenta que ya nunca ha de morir”. Porque ha sido un año en que la figura del maestro estuvo siempre presente, quizá mucho más que antes. Todos hablaron de Spinetta, todos rescataron su obra y ahora veo que el Flaco sigue ahí y que sus canciones son eternas.

Algunos sin embargo no pudimos hablar demasiado, al menos durante varios meses la noticia impactó tanto que costó mucho asimilarla y sólo bastaba escuchar alguna canción para volver a ese estado raro de angustia, de soledad, a veces de llanto; porque “ya no somos chiquitos…” y si se murió el maestro, se murieron también un montón de verdades, y hasta nosotros también nos  podemos morir.

 “Una vez vi que no cantabas y no se porqué, si tienes voz, tienes palabras, déjalas caer, cayéndose suena tu vida, aunque no lo creas”. Ocurre que es fuerte escuchar esto a los 15 años. Si no te cambia un poco la vida, al menos puede determinar conductas, o neutralizar esos miedos adolescentes.

Corrían los años ’80 y el rock argentino había empezado a resurgir de las cenizas, un poco por Malvinas y otro poco por el advenimiento de la democracia. Me acuerdo que todavía no había llegado ni siquiera la primavera alfonsinista y yo me había llevado casi todas las materias. Había que conseguir un profesor de Física que me explicara todo eso que habían dado en clase mientras yo estaba ocupado pensando en otras cosas. Pero aún así nada me preocupaba más en esos días que conseguir Mondo di Cromo, en cassette, y había ahorrado un dinero para eso. Tenía un grabador Sony importado que conectaba a un amplificador viejísimo que habíamos armado en casa para escuchar mejor. El piso de mi cuarto vibraba cuando sonaban esas cajas enormes de madera. Allí había escuchado por primera vez Cantata de Puentes Amarillos, un viernes al salir del colegio, en un programa que conducía Roque de Pedro por Radio Nacional. A partir de ese momento me metí para siempre en el mundo de Spinetta y ya no salí más. Por el ’83 el Flaco había sacado dos discos, además de Mondo di Cromo estaba Bajo Belgrano, en donde tocaba junto a su banda Jade. De pronto era poesía, pero también era rock y también era jazz. Esas fueron las dos primeras obras de Spinetta que escuché completas, vuelta y vuelta con esas cintas “cassettes de días, y días y días”, como aquel personaje de Resumen Porteño que no se había podido salvar de la colimba, “y encima le tocó marina”, decía la letra.

Y la melodía siguió a lo largo de los años, “la melodía es en tu alma”,  decía aquella tema de Don Lucero. Antes vinieron esas canciones acústicas de Kamikaze, con aquello de “que todo sea como vos quieras”, o eso de que “la lluvia borra la maldad y lava todas las heridas del alma”. Vinieron las canciones reflexivas, casi filosóficas, de Alma de Diamante, para recordarnos “que un guerrero no detiene jamás su marcha”. Vino Privé con todos esos sonidos urbanos y modernos. Y después un montón de discos que nos atiborraron con música y poesía.

En vivo lo vi una sola vez al Flaco, fue en Neuquén por el 2003 creo, con Claudio Cardone en teclados, con Mariano López en la técnica. Lo que logró ahí sólo con su guitarra fue impresionante. Tan sencillo todo y tan complicado a la vez, tan generoso con las canciones, tan emotivo, tan auténtico. Todavía me acuerdo cuando dijo: “les voy a presentar una canción nueva que en el disco está grabada con la banda y con sonidos procesados, pero acá la voy a hacer con la viola, así nomás, para que tengan la tonada”. Y ahí nomás el Flaco desgranó una versión acústica y sublime de A Tu Amor Allí, del disco Para los Árboles. Aquel concierto terminó con Pequeño Ángel y eso de “Luz, solo luz respirándome, hay un rumor que me lleva al mar, en tanto que en la sombra más te busco y más te tengo acá. Dame tu luz pequeño ángel”.

Quizá necesitaba escribir estos párrafos para recordar al maestro, ahora que ya pasó un año y la soledad está más acompañada, como en aquella adolescencia cuando Alma de Diamante nos enseñó que todos podemos ser una flor que brilla con luz propia y que es “inútil pretender brillar con tu historia personal”. O con Mondo di Cromo cuando aprendimos que “si el camino surge de la nada” es porque la canción ha llegado hasta el sol. Gran maestro Luis Alberto, que parece que nunca se fue, que está siempre ahí con su arte y su obra, con esa ‘música’ que definió como: “la decoración sublime del hecho de haber nacido”. Vida siempre para el Flaco Spinetta, “vida siempre así, trastocando mi ser.”

Marcelo Pellejero (8 de Febrero de 2013)

“Spinetta, El Video” (película documental) http://vimeo.com/39480988